jueves, 2 de mayo de 2013

TRANSGRESIÓN


Transgresión
Cuento
Yara Hernández

Sentí la necesidad de salir corriendo del apartamento  pues todo me parecía terriblemente ajeno: ventanas, la puerta, el corredor. Ese humo fugitivo proveniente de los  cuartos continuos. Las ratas, que ayer  me eran tan familiares hoy me son desconocidas, de una realidad lovecreana. Mi cabeza toma la forma geométrica de esta habitación; mientras más lo hace menos soy yo mismo. Y ese resto que logró escapar ahora me ve, desde el cristal, como antes pude hacerlo. “Las cosas ya no son,  las recrean, y aún así no dejan de ser. Los pilares se apilan uno  sobre otro y tú crees que Freud será tu espalda, mientras Kant se vuelve al abismo. Somos una población de reptiles y aves de rapiña”. Confieso que es extraño verme del otro lado y, sin embargo, tan  cierta la imagen.
El tiempo se escurre  como se escurre mi  líquido encefálico por todo el cuerpo, bañado en pensamiento, seco de ideas. Al tren he llegado tarde y no me atrevo a saltar en movimiento. Ya metido en esta charca, resuelvo transformarme, renacer. Soy un dios y los dioses no renacen, pero soy un hombre y los hombres crean. Así que, con la firme convicción de hacerlo me dirijo a la granja más cercana a este invernadero.
Hay una gran variedad de animales aquí que puedo escoger a mi gusto, prometo pagarlos  en cuanto termine. Ancio encontrar lo que busco. Voy al corral de los borregos, elijo uno y llamo al granjero para que me ayude a realizar lo que quiero: quitarle la piel.  Se ha negado al principio, pero basta con decirle que lo compraré, sólo utilizaré la piel y el resto puede quedárselo, pues pretendo cambiarla por la mía… Al terminar quedo todo embarruscado de sangre y lleno de su olor animal, me recuerda  a los mercados donde se vende comida típica a bajo costo.  Ya que he terminado lo segundo que veo es un avestruz; me acerco a ella, tomo el hacha (la cual amablemente me prestó aquél hombre), le decapito la cabeza  al ave y corto mi cabeza para sustituirla por la suya.
Lo mismo he hecho con los otros animales, para el cerdo, su hocico; el asno, sus patas,  un topo que encontré  en un agujero; sus ojos. Lo anterior con el fin de Intercambiarlas con las extremidades semejantes en mi cuerpo. Me ha costado verdadero trabajo hacerlo, ya que en algunos los huesos resultan más correosos que en otros, por ejemplo, no es lo mismo cortar  las patas al  hocico, también elegir los que más se adecuen para lograr un ensamble perfecto.
La tierra parece una carnicería zoológica, el olor a su sangre y la mía se mezcla con el de las heces de las vacas y demás mamíferos. Unos llegando al rigor mortis y otros aún retorciéndose pidiendo a esa palabra, finalice su agonía. El dolor me produce un estado de letargo, no puedo sentir nada, mas sigo coordinando mis movimientos y sé que siento dolor porque es lo único que podría sentir después de amputarme miembros del cuerpo.  Es brutal y hasta cierto punto excitante al mismo tiempo, tiempo en que cree un nuevo ser, diferente entre todas las creaciones, parte por parte. No era un centauro, tritón o grifo, ni siquiera una quimera…era un hombre.

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