Transgresión
Cuento
Yara
Hernández
Sentí
la necesidad de salir corriendo del apartamento pues todo me parecía terriblemente ajeno: ventanas, la
puerta, el corredor. Ese humo fugitivo proveniente de los cuartos continuos. Las ratas, que
ayer me eran tan familiares hoy me
son desconocidas, de una realidad lovecreana. Mi cabeza toma la forma
geométrica de esta habitación; mientras más lo hace menos soy yo mismo. Y ese
resto que logró escapar ahora me ve, desde el cristal, como antes pude hacerlo.
“Las cosas ya no son, las recrean,
y aún así no dejan de ser. Los pilares se apilan uno sobre otro y tú crees que Freud será tu espalda, mientras
Kant se vuelve al abismo. Somos una población de reptiles y aves de rapiña”.
Confieso que es extraño verme del otro lado y, sin embargo, tan cierta la imagen.
El
tiempo se escurre como se escurre
mi líquido encefálico por todo el
cuerpo, bañado en pensamiento, seco de ideas. Al tren he llegado tarde y no me
atrevo a saltar en movimiento. Ya metido en esta charca, resuelvo
transformarme, renacer. Soy un dios y los dioses no renacen, pero soy un hombre
y los hombres crean. Así que, con la firme convicción de hacerlo me dirijo a la
granja más cercana a este invernadero.
Hay
una gran variedad de animales aquí que puedo escoger a mi gusto, prometo pagarlos en cuanto termine. Ancio encontrar lo
que busco. Voy al corral de los borregos, elijo uno y llamo al granjero para
que me ayude a realizar lo que quiero: quitarle la piel. Se ha negado al principio, pero basta
con decirle que lo compraré, sólo utilizaré la piel y el resto puede
quedárselo, pues pretendo cambiarla por la mía… Al terminar quedo todo
embarruscado de sangre y lleno de su olor animal, me recuerda a los mercados donde se vende comida
típica a bajo costo. Ya que he
terminado lo segundo que veo es un avestruz; me acerco a ella, tomo el hacha
(la cual amablemente me prestó aquél hombre), le decapito la cabeza al ave y corto mi cabeza para
sustituirla por la suya.
Lo
mismo he hecho con los otros animales, para el cerdo, su hocico; el asno, sus
patas, un topo que encontré en un agujero; sus ojos. Lo anterior
con el fin de Intercambiarlas con las extremidades semejantes en mi cuerpo. Me
ha costado verdadero trabajo hacerlo, ya que en algunos los huesos resultan más
correosos que en otros, por ejemplo, no es lo mismo cortar las patas al hocico, también elegir los que más se adecuen para lograr un
ensamble perfecto.
La
tierra parece una carnicería zoológica, el olor a su sangre y la mía se mezcla
con el de las heces de las vacas y demás mamíferos. Unos llegando al rigor
mortis y otros aún retorciéndose pidiendo a esa palabra, finalice su agonía. El
dolor me produce un estado de letargo, no puedo sentir nada, mas sigo
coordinando mis movimientos y sé que siento dolor porque es lo único que podría
sentir después de amputarme miembros del cuerpo. Es brutal y hasta cierto punto excitante al mismo tiempo,
tiempo en que cree un nuevo ser, diferente entre todas las creaciones, parte
por parte. No era un centauro, tritón o grifo, ni siquiera una quimera…era un
hombre.
Le di mi propia interpretación. Excelente :)
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