Pan
de elote
Cuento
Marcela
González
El
viejo se sentó y decidió –mucho antes de sentarse- en ponerse a recordar; en
navegar por ese mar, y se sumergió así, con todo y el oxígeno que le hacía
falta.
Frente
a ese mar, recordó la primera vez que junto a ese helado de cajeta, se dio
cuenta de aquella cabellera que danzaba amablemente sobre esa espalda, la falda
tableada y esas calcetas caedizas que 3 meses después le quitaría con la misma
delicadeza con la que se cultiva una orquídea. El viejo –joven entonces- no sabía que la miraría años después
bailando tristemente ese vals, mientras él saborearía el pastel de boda que no
es de él, ni de ellos, sino sólo de ella y mucho menos se imaginó que esa misma
noche se escaparían a cocinar su vida con los mismos ingredientes con los que
se prepara una gran cena. Pero el viejo no se quedó ahí y quiso navegar incluso
más profundo, dirigiéndose hacia su antepasado. Se encontró con un lugar
lúgubre, lleno de granadas, tierra húmeda y disparos que no terminaban con la
patria, la patria seguía, mientras él, tirado con la suficiente sangre
derramada como para sentir morir, seguía de pie, con la mano en el pecho y el
corazón en la revolución.
Y
así el viejo vio su vida, con la misma honestidad con la que su mujer lo miraba
desde la ventana. Se levantó, terminó de barrer y entró por el pan de elote que
le esperaba.
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