jueves, 2 de mayo de 2013

PAN DE ELOTE


Pan de elote
Cuento
Marcela González

El viejo se sentó y decidió –mucho antes de sentarse- en ponerse a recordar; en navegar por ese mar, y se sumergió así, con todo y el oxígeno que le hacía falta.
Frente a ese mar, recordó la primera vez que junto a ese helado de cajeta, se dio cuenta de aquella cabellera que danzaba amablemente sobre esa espalda, la falda tableada y esas calcetas caedizas que 3 meses después le quitaría con la misma delicadeza con la que se cultiva una orquídea. El viejo –joven entonces-  no sabía que la miraría años después bailando tristemente ese vals, mientras él saborearía el pastel de boda que no es de él, ni de ellos, sino sólo de ella y mucho menos se imaginó que esa misma noche se escaparían a cocinar su vida con los mismos ingredientes con los que se prepara una gran cena. Pero el viejo no se quedó ahí y quiso navegar incluso más profundo, dirigiéndose hacia su antepasado. Se encontró con un lugar lúgubre, lleno de granadas, tierra húmeda y disparos que no terminaban con la patria, la patria seguía, mientras él, tirado con la suficiente sangre derramada como para sentir morir, seguía de pie, con la mano en el pecho y el corazón en la revolución.
Y así el viejo vio su vida, con la misma honestidad con la que su mujer lo miraba desde la ventana. Se levantó, terminó de barrer y entró por el pan de elote que le esperaba.

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