Disgustos
de anfibios
Cuento
Aranza
Casildo
-Hoy,
mi querido Malubia, hay un niño pidiendo tu aprobación, y no me aguanto la risa
de ver el coraje en tus ojos de sapo viejo. El pequeño no entiende croarnés, de
modo que, no importa lo que digas, ese niño hará lo que le venga en gana. Ese
chamaco se ha convertido en tu jefe. Dime donde quedo aquel anfibio ufano, que
ayer oía decirse dueño de su vida, ese que con su lúgubre canto inspiraba
sentimientos de melancolía a los más secos de corazón e invocaba la admiración
de todos los huéspedes del estanque, allá, entre el bosque del que saliste
anoche buscando a doña Aurora, la dueña de sus amores y causante de tus
pesares. Pobre sapito, amigo de andanzas, si ya odiabas a los hombres por lo
feas que sus caras son y lo cobarde sus palabras, ahora no puedo imaginar tu
impotencia al rendirte contra uno de sus cachorros. Te lo mereces, tú, ser
cruel de estatutos, que te olvidaste de los niños: virtuosos jueces,
manantiales de alegría. Pero que has de estar sabiendo, si desde que te
conozco, nunca habías salido de ese charco. ¿Qué no te conté, hace ya tiempo,
del jubilo en sus caras cuando la arena de la playa se les pega en los pies y
el agua de mar les anuda los cabellos? Seguro no me escuchaste, maldito sapo
egocéntrico, ni la más culta de las ranas pudo cambiar una letra de tus máximas
añejas que hoy te reprenden.
El
sapo no pudo más. Se decidió a croar, a pesar de lo que esto significaba. Una
sonrisa se esbozó en su impaciente espectador, el cuál, apenas escuchó sonido,
se echó a correr gritando "Gracias".
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