jueves, 2 de mayo de 2013

DISGUSTOS DE ANFIBIOS


Disgustos de anfibios
Cuento
Aranza Casildo


-Hoy, mi querido Malubia, hay un niño pidiendo tu aprobación, y no me aguanto la risa de ver el coraje en tus ojos de sapo viejo. El pequeño no entiende croarnés, de modo que, no importa lo que digas, ese niño hará lo que le venga en gana. Ese chamaco se ha convertido en tu jefe. Dime donde quedo aquel anfibio ufano, que ayer oía decirse dueño de su vida, ese que con su lúgubre canto inspiraba sentimientos de melancolía a los más secos de corazón e invocaba la admiración de todos los huéspedes del estanque, allá, entre el bosque del que saliste anoche buscando a doña Aurora, la dueña de sus amores y causante de tus pesares. Pobre sapito, amigo de andanzas, si ya odiabas a los hombres por lo feas que sus caras son y lo cobarde sus palabras, ahora no puedo imaginar tu impotencia al rendirte contra uno de sus cachorros. Te lo mereces, tú, ser cruel de estatutos, que te olvidaste de los niños: virtuosos jueces, manantiales de alegría. Pero que has de estar sabiendo, si desde que te conozco, nunca habías salido de ese charco. ¿Qué no te conté, hace ya tiempo, del jubilo en sus caras cuando la arena de la playa se les pega en los pies y el agua de mar les anuda los cabellos? Seguro no me escuchaste, maldito sapo egocéntrico, ni la más culta de las ranas pudo cambiar una letra de tus máximas añejas que hoy te reprenden. 
El sapo no pudo más. Se decidió a croar, a pesar de lo que esto significaba. Una sonrisa se esbozó en su impaciente espectador, el cuál, apenas escuchó sonido, se echó a correr gritando "Gracias".

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