Pena
capital
Cuento
Marcela González
-Con
aire acondicionado, servicio a habitación, cable y chocolatitos debajo de la
almohada- ,eso pensaba mientras la octogenaria secretaria celestial profesaba
la sentencia condenatoria a la eternidad; con el suficiente respeto para oírla
pero no el bastante para escucharla y es que sigo sin entender la manera en la
que funcionan estos altos procesos burocráticos celestiales en los cuales el
dictamen asegura una suite en el cielo con vista al mar, eso o pasar el resto
de tus días conscientes aprisionado en tu inconsciente para vivir la
inconciencia en una limitada libertad. Bueno y como me cansé de lo último,
nunca nos llevamos bien la moral y yo, casualmente el camión que entre la calle tercera y el gritó del
señor,amablemente me atropelló, me hizo entonces el favor de mandarme a esta
sala de espera y aquí estoy aún con la maleta en mano; el presupuesto divino no
da para el salario de botones
-¿Más
café?-, dijo por noséquénesima vez la coneja que saltante de acercó. La primera
vez que la vi, una ligera risa se apoderó de mi estómago pues recordaba lo que
mi abuelo me había dicho – todos los animales van al purgatorio, dijo mientras
enterábamos a Rábanos. Y efectivamente todos los animales están aquí, junto a
los arrepentidos y los que como yo, no tienen los argumentos suficientes
avalados por las instituciones vinculadas con esto de lo divino para dar
seguimiento a nuestra sentencia eterna.
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